Por Oscar Lazo & The Walking Scientists

 

Cuando me preguntan qué idiomas hablo, he empezado a incluir la música. Mucho de quienes somos, nuestros modos de pensar y de expresar nuestra identidad cultural, está entremezclado con la banda sonora de nuestras vidas, con las melodías que silbamos y las que se nos pegan en la cabeza al irse a dormir. Pero es más que eso, se trata de ser capaz de darnos a entender en ese idioma, de hacerlo vehículo para que se diga aquello que no sabemos decir de otro modo. Al fragor de la improvisación o en el silencio de la composición, a veces he llegado a dudar en cuál idioma soy nativo.

 

Las similitudes entre música y lenguaje son fáciles de ver: ambas son acciones complejas y voluntarias mediante las que creamos estímulos entre nosotros, ambas están codificadas de un modo que incluye ciertas reglas de coherencia interna y adecuación al contexto —no todo es apropiado en todo momento. Se expresa parte del mundo interno usando melodías y ritmos. Y también ocurre que, dependiendo de la experiencia que se tenga, podemos digerir, comprender y gustar músicas de mayor complejidad. Los niños empiezan con cuentos y canciones muy simples de apenas 3 acordes. Algunos terminan en Julio Cortázar y Béla Bartók.

 

Hace varios años el estudio de la música como un dominio más del lenguaje viene interesando a las ciencias del cerebro. Pero recién hace pocos años nuestra capacidad de monitorear (y hasta regular) la actividad del cerebro en vivo está permitiendo entender cómo nuestros cuerpos encarnan y procesan los estímulos, sus reglas y sus significados. Permite comparar cómo la información es procesada y qué diferencias hay entre el cerebro de los que hablan y los que no hablan música.

 

Durante los últimos 20 años, por ejemplo, hemos transitado desde reconocer que la estructura musical posee reglas sintácticas, hasta comprender que la música es capaz de generarnos experiencias simbólicas extra-musicales (como cuando nos baja el sentimiento patriótico al escuchar el himno nacional en el estadio, o cuando se nos viene a la mente un cierto aroma al escuchar esa canción romántica de la adolescencia). Y lo más interesante, se ha documentado que un fragmento musical puede dar contexto y hacer predecible qué palabra viene después, de la misma manera como lo hace una frase hablada. Esto podemos saberlo gracias a que cada vez que un mensaje nos toma por sorpresa, se produce un rastro en la actividad cerebral conocido como potencial evocado N400. Esta señal electroencefalográfica, descubierta por la Prof. Marta Kutas a comienzos de los ‘80s, no se produce ante cualquier estímulo inesperado, sino solamente cuando se violan reglas de coherencia del contenido, por ejemplo cuando hay incongruencias entre una frase y la palabra final: “Me acabo de tomar un rico café con…PERRO”. Por eso es revolucionario que sea posible detectar un N400 cuando, por ejemplo, después de una progresión de acordes menores y disminuidos, se muestra la palabra “FIESTA”. De algún modo nuestro cerebro entremezcla lenguajes orales y visuales, y considera la experiencia musical como un lenguaje más, perfectamente compatible con los otros.

 

Recientemente, un grupo de neurocientíficos chilenos publicó un interesante artículo mostrando que las similitudes no se limitan a la aparición del rastro N400, sino que la actividad global del cerebro (sus patrones de sincronía) tiene importantes aspectos en común durante este tipo de tareas cognitivas. Para ello expusieron a los participantes a pares frase-hablada/palabra-escrita y segmento-musical/palabra-escrita, algunos de ellos coherentes y otros incoherentes, y analizaron el estado global del cerebro mientras los participantes identificaban con un botón si el par de estímulos tenía sentido o no (Barraza et al. 2016. Brain & Language. 152:44-49). Así, por primera vez exploraron cómo nuestro cerebro no solo detecta la congruencia semántica, sino que le da sentido consciente y continuo a la música, el texto y la oralidad como modalidades de un mismo fenómeno.

 

Lo verdaderamente seductor es pensar en la música no solo como un idioma más, sino como toda una dimensión de lenguaje, como lo son las señas, la escritura y la oralidad. Los que estamos en la música siempre hemos intuido que cada pueblo ha moldeado su modo de vivir al compás de su propia música. La manera como se hace una ciudad es el ritmo de sus habitantes, son las canciones que salen de las casas, las voces que cantan cada cultura. Resulta tremendo pensar en cómo la música moldea nuestros cerebros, nos determina la entrada en el idioma natal y, a través de él, marca todo el universo de nuestras tradiciones.

 

Una de las maneras en que neurocientíficos de la Universidad de Pisa abordaron esa pregunta fue estudiar cómo responde el cerebro de un músico cuando escucha al mismo tiempo dos palabras diferentes, una en cada oído. En este test normalmente se observa una mucho mayor facilidad para reconocer la palabra reproducida en la oreja derecha (fenómeno conocido como right-ear advantage), lo que es una consecuencia de que las áreas del cerebro especializadas en la decodificación del lenguaje (por ejemplo, el área de Wernicke) están significativamente más desarrolladas en el hemisferio izquierdo del cerebro. Esta vez los científicos compararon a músicos bien entrenados con sujetos control de la misma edad (Sebastiani y Castellani. 2016. Arch Ital Biol. 154(2-3):59-67). Encontraron que en el grupo de músicos, esta ventaja del oído derecho estaba significativamente atenuada. Más aún, por lo general los músicos tendieron a comprender y registrar ambas palabras, incluso si eran palabras inventadas. Estos resultados muestran que probablemente las áreas del cerebro de las que depende el lenguaje oral están desarrolladas de manera más equitativa en ambos hemisferios de las personas largamente inmersas en la música, otorgándoles una ventaja al momento de decodificar estímulos simultáneos en ambos oídos.

 

Tiene sentido. La música se trata en buena medida de aislar y reintegrar permanentemente frases dichas por diferentes instrumentos, diferentes colores y tesituras de voz. En el lenguaje de la música la superposición de frases no genera confusión, más bien ensancha y complementa el mensaje global. Y acaso este atributo sea una de las principales fortalezas del lenguaje musical en comparación con otros lenguajes: el ensamble simultáneo de mensajes diversos, la polifonía que hace emerger algo mayor a la suma de las partes.

 

Hacer circular música es hacer circular un mensaje. No solo una forma de estimulación sensorial, sino una variante de idioma. Y más aún, la expresión de una cierta identidad, el pulso de una cultura, la tradición hablándose de boca en boca y de canción en canción, moldeando los cuerpos de quienes servimos de portadores, de intérpretes, de voces. Y también de los que habrán de escucharnos y volverse ecos de un mensaje concebido para propagarse, para seguirse hablando en otros.

 

Texto Oscar Lazo, PhD / Neurobiologo y Músico | @omlazo

Foto portada | The Stockpile